Sin sentido 1

Escribir puede ser una labor bastante traicionera hasta para el juicio más recatado. Sucede que, cuando las palabras ya no conforman hileras lógicas ni tampoco responden a la razón, el autor debe plasmar con prisa cualquier idea que se le venga a la mente, sin siquiera perder el énfasis de la ocurrencia. La genialidad jamás se ha medido por cantidades, mucho menos por una sola persona. Tal vez, hasta el lector más afable, puede amargarse con la futilidad de este texto.

Declarado así, debo admitirme muy incómodo al salir de mi zona de confort, pero ese es el punto de hacerlo. Hace varios días que no me siento yo mismo, es como si alguien me hubiera perdido dentro de mí. Las horas corren con prisa en tiempo de ocio y las visiones se multiplican como si fueran secuelas de los sueños más avezados y furtivos que me han tocado vivir. Por ejemplo, esta mañana, desperté viendo frondosas rosas rojas que iban girando en sentido anti-horario con una velocidad imparable, tenían los tallos gastados y las espinas sin puntas. Me quedé atascado en la posibilidad de que fueran alucinaciones causadas por el resfrío, pero luego recordé la visión de su motivo.

Estaba yo sentado en un patio muy colorido. Tenía los pies descalzos, un sombrero excesivamente grande y miraba a la lejanía a pesar de encontrarme como a dos metros de un muro hecho de adobe y telarañas. Sin previo aviso, las flores empezaron a hablar, casi cantando, sobre su vida en el jardín. Las margaritas eran más chismosas que las rosas y los tulipanes blancos no se podían callar, algunos helechos dejaban comentarios poco acertados mientras que los malditos claveles nos juzgaban con susurros. El lugar parecía un mercado y nadie me dejaba opinar. La ortiga vino y me estampó un largo beso en la boca para que no la pudiera abrir.

Condenado a no poder expresarme durante su frenética charla, caí presa de la rabia y la impotencia. Empecé a emitir sonidos raros ya que mis labios parecían cosidos. Descaradamente, las flores se pusieron en mi contra y empezaron a reclamar mi silencio. Las rosas fueron las más agresivas y las que se acercaron primero. Todo se volvió difuso y poco a poco empecé a despertar. De repente estaba en cama con una fiebre alta, tos seca y un vacío en el pecho que cada día se hace más grande.

Decidí que no voy a buscar el significado del sueño. Lo comprendí de manera muy literal. Estoy atrapado en un hermoso lugar donde las apariencias son contrarias a lo que aparentan y todo lo bonito deja de serlo apenas abre la boca. Nada tiene sentido aquí. Sin embargo, hay que plasmarlo, desde la más mínima locura hasta la más grande tontería.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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