Calle Plateros, 5:42 a.m.

La noche anterior salí por un Inkaria. Nada más.

Que mentira tan grande para un hígado tan gastado.

Desperté de mi leve inconsciencia y me encontré caminando en aquella demacrada calle que ya ha visto suficiente. Recuerdo que se me hizo muy difícil contener la avalancha de maldiciones que querían salir de mi boca. El extenuante frío me encogía los pulmones y la borrachera estaba a punto de abandonarme a mi suerte. Era una amante que cobraba por horas. Para empeorarlo todo, ya no había alcohol.

Los postes de luz estaban a punto de cumplir su horario de trabajo. Poco a poco, Plateros se fue convirtiendo en un antro sin música para clientes sin efectivo. Los jóvenes intoxicados deambulaban de vereda en vereda, haciéndose antojar por la interminable fila de taxis que adornaba todo el largo de la vía. Vi, entre ellos, un patrullero que se encontraba en un bucle de interminables rondas nocturnas.

El humo del tabaco ya no entraba igual, se volvía rasposo y dejaba de ser amable con mi garganta, como si se negara a ser inhalado. Hace rato que los vasos habían perdido su forma y noté que mi vista se tornaba nublosa. La luz del día comenzó a ser molestia. No estaba seguro si acababa de salir de un hueco o si el amanecer había ocurrido demasiado rápido.

Cuando mi visión pudo acomodarse al agotante brillo, vi un par de figuras humanas que caminaban con torpeza. Dos chicos con las casacas a medio poner me decían que la noche se les había escapado de las manos. Pasaron al lado de una señorita que iba en sentido contrario y sus ojos quedaron clavados en la singular belleza de la minifalda que ella modelaba. Los instintos son veloces cuando se trata de lujuria. Me atrapó a mí también.

Unos cuantos pasos más allá, la chica en minifalda se encontró con un amante insípido. Ella se acercó para un beso en la boca pero él le volteó la cara. La escena se convirtió, al instante, en la típica pelea de pareja. Los celos saltaron sin tener piedad de nadie. Ella le reclamaba asuntos privados, luego, le exigía privacidad. Él, inseguro, se dio media vuelta y caminó sin volver a voltear. Tal parece que el amor siempre estará destinado a morir en fines de semana.

De repente, mi amigo se acercó con una pésima noticia: “Ya no están vendiendo nada”.
“¿Ni siquiera Sin comentarios?”.
“Nada”.
“Bueno, al diablo”. Fuimos a mi casa, tenía media botella de pisco escondida en algún lado.

Me despedí de la calle Plateros hasta una nueva ocasión.

En el sinuoso terreno del “no vuelvo a tomar” ya no quedan espacios disponibles, así que será una promesa. Además, hay algo sobre ese lugar que siempre me ayuda a curar cabeza.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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