Felinadas

“Me gusta observar tu existencia, tan vacía y carente de sentido” me decían los ojos de mi gato acaramelado desde el otro lado de la puerta de vidrio. “Que te vas y luego vuelves, te vas y vuelves, te vas… y vuelves… tu indecisión me deja pasmado. Ojalá que nunca te tuvieras que ir. O mejor aún, ojalá que un día ya no regreses”.

Al gato no le interesa la vida en su totalidad, transita en ella como si fuese una calle más en su camino. Sus gustos son ley universal, cruda e indescifrable para la mente mortal. De existir algo que no le agrade, eso, estará condenado a la indiferencia eterna. Como dijo Neruda, el gato no es gato porque nació así, es gato porque quiere serlo.

Sus ojos no son galaxias, son agujeros negros que atrapan la vívida magia del encanto. Su mente es el manicomio destinado de soñadores frustrados y músicos que nunca tuvieron instrumentos. Su pelaje es bosque encantado, escenario de las mejores caricias.

Dentro de esta lógica, me gustaría compartir una idea que ha estado merodeando por mi mente durante varias semanas. De materializarse, el amor debería tener la forma de un gato, o al menos, su sonido. Lo perfecto no es cuestión de percepción, es sobre ser o no ser.

El amor debería tener siete vidas, debería ser atento e indiferente al mismo tiempo, debería alimentarse de pequeños detalles así como el gato consigue pequeños insectos. No sería una locura pensar que, cada vez que suelta un maullido, expresa hasta el sentimiento más enfermo con lujo de detalles.

“¿Otra vez tú aquí? Ya cánsate, pero por favor, no te vuelvas a ir” dijo mi gato mientras apretaba su cabeza contra mi pantorrilla y me exigía el cariño pendiente de todo el día. Yo, cumplidor, me agaché y lo consentí hasta el hartazgo. Cuando se aburrió de mí, me dio esa mirada que ya conocía de memoria. El mensaje era claro: “Ahora dame comida”.

Así debería ser el amor, una exigencia silenciosa y mutua que se complace con una independencia candente e inagotable.

Un ronroneo constante que no se puede apagar.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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