Crítica

Había sido una mañana durísima. Entre mi sueño interrumpido y un café frío, las ganas de vivir se me estaban agotando en una rutina devastadora. Hace tiempo que no encontraba la paz mental necesaria para afrontar mi situación, mis problemas, ni mi vida.

Algunas semanas atrás, recibí una carta que no me daba la reverenda gana de leer, así que la tenía por ahí, llenándose de polvo entre documentos inútiles. Cuando me tocó revisar ese montón de árboles muertos, la carta resbaló como rogándome por recibir atención. Pensé que si alguien se había tomado la molestia de dirigirse a mí, sería muy descortés hacerlo esperar un poco más.

Abrí el sobre con indiferencia y noté que no tenía remitente. No le presté mucha importancia ni cuidado hasta que empecé a leer su maldito contenido. Al hacerlo, mi garganta se anudó.

“Estamos todos jodidos, Pareja. Ayer venía en el bus y no sabes la congestión de la evitamiento con Hilario Mendivil hermano, peor que Lima con el cristo morado, te lo juro; pero qué se hace.

Hoy me entregan la sentencia en el juzgado, Parejita. Parece bueno mi abogado pero era mejor el Alatrista dicen, solo que ese pata cobra un huevo y es tirar la plata como si sobráse, además, ni siquiera es él quien está en las audiencias dicen, está huevón.

Y ya sabes, que si todo sale bien, nos vamos por las respectivas chelas con el “boga” en su oficina por Pampa del Castillo.

Estamos jodidos, wayki. No pude llamarte, 12 años. Pero como alguien dijo hace mucho tiempo; en el Perú, solo hay dos tipos de problemas: los que nunca se resuelven, y los que se resuelven solos, Parejita.” (*)

Luego de hacer algunas llamadas a un entorno no tan cercano, me enteré que un querido amigo mío había caído en una grieta del sistema por supuesta apología al terrorismo. Él era una de esas personas que no podía callar su voz. Me contaron que había asistido a una de esas tantas movilizaciones contra la corrupción y su error había sido usar una pañoleta roja para evitar ser reconocido. La policía no fue amable, mucho menos el juez a cargo. Indagando más y más, descubrí que le habían dado tres años de pena, pero, durante su primera semana allí, un matón que había perdido a su familia en el Ayacucho de los años ochenta, asesinó a mi amigo en su propia celda.

No pude cargar ni un minuto más con el peso de su ausencia. Rompí en llanto por la memoria de quien fuera mi mejor compañía de la infancia, pubertad y parte de mi adolescencia. Empecé a maldecir el momento en que nos distanciamos. Ahora él ya no estaba y solo había un responsable.

Y que más se puede esperar de un sistema judicial de mierda si todos están ahí para tapar su porquería. Y que nos quieren meter la rata con eso de la falta de pruebas corroboradas. Y que no nos damos cuenta mientras ellos ya están en España. Y que te vas al carajo si no tienes vara porque aquí parece que te encierran al azar aun con una buena defensa. En el Perú no importa que seas inocente, importa que tengas plata.

Visité la tumba de mi parejita un miércoles lluvioso de esos en los que las almas condenadas no salen a penar. Al salir del cementerio, sentí nausea y asco por varias cosas. Por mí, por no haber abierto esa carta antes y por no haber conversado con él cuando aún podía. Por su proceso, su juez y su sentencia. Pero sobre todo, por esa pútrida razón por la que muchas personas tienen que rogar de rodillas, casi humillándose, ante esa ciega hija de puta comprada a la que llaman justicia.

(*) Carta escrita por Pedro Javier Sedano Béjar.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

Un comentario en “Crítica”

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