Sin sentido 5

Ya no sé cómo empezar este tipo de textos. Si le pongo un preámbulo, dejo poco espacio para la experiencia que quiero contar. Y si empiezo por la experiencia, siento el vacío de no ponerle un preámbulo. De todas formas, aquí va.

Para ser honesto, hay algunas personas que ya conocen esta historia aunque dudo que la recuerden como tal. Sucede que he estado teniendo una serie de pesadillas como esas que te despiertan de golpe, con la sensación de caída en los pies y un escalofrío recorriéndote la espalda. Todas ellas han ocurrido en la misma situación, pero parece ser que, esta, fue la última vez.

Cada noche que pasé por esta repetitiva aventura, fui acosado por un ente espantosamente alto, vestido de gala y con un sombrero que le cubría gran parte del rostro. Esta persecución ocurría por toda la ciudad sin darme ninguna clase de tregua. Todas las veces, sentía una incontrolable necesidad de huir, motivada por el pánico y un presentimiento horrible en el pecho, como adivinando lo que pasaría si me llegaba a alcanzar.

Estos sucesos oníricos hubieran sido algo normal si no fuera por el hecho de que se complicaban cuando llegaba al punto en el que planeaba una ruta de escape. Cada esquina y cada vuelta se movían a su antojo, cambiándome la realidad cuadra por cuadra. Si salía de San Francisco hacia Marqués, aparecía en Pampa del Castillo. Si corría por Maruri buscando una salida, llegaba a Paseo de los Héroes. Si intentaba bajar a la avenida Sol, terminaba tropezando por la cuesta de San Blas.

Escapar con ese desafío encima era muy frustrante así que aprendí a dominarlo y terminar siempre a salvo. Al despertar, me encontraba lejos de mi cazador y seguro de cualquier cosa que me pudiera hacer. Sin embargo, en esta ocasión no fue así.

Dentro de nuestra rutina grabada en la memoria, él me siguió dentro de una casona antigua en la que no había estado nunca. Decidí subir al último piso y esconderme hasta el final del sueño. Lamentablemente, aquella noche, mi curiosidad pudo más que mi instinto de supervivencia.

Me aseguré de que me viera y fui directo a un juego de escaleras en caracol pegadas a la pared del fondo. Caminé por ellas con una paciencia infernal, lenta y despreocupada. Grave error. Él, muy astuto, las escaló por fuera para darme en alcance. Una vez ahí, detuvo mi paso con su brazo exageradamente largo y me tomó de los hombros con una fuerza increíble. Traté de zafar y seguir huyendo, pero no pude. Sus cavidades orbitarias estaban vacías y su mirada muerta se clavaba en mis ojos como un par de tachuelas oxidadas. Tenía la mandíbula partida, sangre seca en la ropa y un hedor putrefacto muy difícil de soportar. Se acercó a mí, balbuceando una amenaza mientras el terror me consumía por dentro. Cuando lo tuve a centímetros de mi rostro, desperté.

No fue un alivio y mucho menos algo tranquilizador.

Ahora, cada vez que duermo, siento el dolor de que aún me tiene en sus manos y de que aún sigue ahí, matándome.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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