Monedas falsas

Don Rómulo estaba furioso. Luego de un fuerte intercambio de palabras con un veinteañero que la había cerrado el paso, el viejo comenzó a calmarse a pedido de sus turbados pasajeros. La avenida de la Cultura siempre ha sido un caos a las cuatro de la tarde, sobre todo si uno se dirige al centro. A esa hora, el brillo del sol te da en toda la cara como el puñetazo de un púgil en formación.

En la puerta del bus, como siempre, estaba Joselito. El oficio de cobrador no era algo ajeno para él. A sus trece años ya se conocía de memoria todos los paraderos de la ruta y esto le ayudaba a darse sus gustos en cabinas de internet y cigarrillos baratos que nunca podía terminar. Experto en pedir sencillo y calcular el vuelto con rapidez, el pequeño sagaz ya tenía la viveza criolla impregnada en la mirada.

Pasado aquel día y varias vueltas después, el dúo decidió hacer una ronda final para terminar su jornada. Saliendo de la ciudad, entre las asociaciones pro-vivienda y con la noche encima, solo quedaba un transeúnte en la fila del fondo. Joselito se le acercó para cobrarle el pasaje.

Cuando volvió a la parte frontal del vehículo, el niño se quedó mirando con detenimiento la moneda que el hombre le había alcanzado. Cargado de un largo lapso de duda, se levantó a regañadientes de su comodidad y fue a encarar la osadía de su último cliente.

–Está falso.
–¿Disculpa? – respondió el solitario.
–Esta moneda es falsa, tienes que darme otra.
–¿Cómo no te fijaste y me diste el vuelto?, ya no te la puedo cambiar.
–Pero está falsa, no seas vivo –replicó el niño con un nerviosismo que crecía como espuma sobre su cabeza.

Desde adelante, don Rómulo se había percatado de la tensión e intervino sin dudarlo. Clavado en su asiento, intentó girar la cabeza y vio con el rabillo del ojo que el joven se negaba a pagar nuevamente.

–Ya pues amigo, hay que ser honestos –dijo el viejo.
–¿Disculpe?, yo ya le di mi pasaje al niño y él me dio el vuelto, no es mi culpa que no se haya fijado, además, ¿cómo sé que no me está dando otra moneda?

Joselito sintió una indignación tan grande que quiso insultar al hombre de la última fila. Se acercó a él con la rabia ardiente y una intención peligrosa que parecía ahogarse en sus párpados inundados de inocencia. Antes de que pudiera articular palabra, el pasajero le dijo que no le pagaría de nuevo y lo mandó al diablo de manera sutil.

Don Rómulo, impaciente, había girado todo el cuello y parte de su torso para recriminar el cambio de sencillo. Cuando ambos miraron al conductor, lanzaron un grito aterrador que rompió la tensión en mil pedazos.

El viejo dio una vuelta inmediata y las luces altas del camión que venía hacia él lo cegaron en un instante. La maniobra sobre el volante fue rápida y violenta. El bus, que estaba invadiendo el carril contrario, tambaleó con fuerza brusca sobre sus llantas. La fricción del caucho y el asfalto derivó en un chirrido infernal fundiéndose con un bocinazo eterno. En cuestión de segundos, ambos ruidos se perdieron en el camino mientras los habitantes del vehículo se alejaban milagrosamente de la desgracia.

El alterado pasajero comenzó a recriminar la falta de atención del chofer y pidió bajarse en el siguiente paradero.

–Aprende a conducir, viejo de mierda.

El silencio fue sepulcral hasta que el dúo llegó a su destino. Incluso allí, ninguno de los dos pronunció palabra. Estaban congelados, como si la vida aún pasara frente a sus ojos.

–¿Qué sucedió, don Rómulo? –preguntó el niño.
–No lo sé, Joselito –respondió el viejo al mismo tiempo que su mano temblorosa apagaba el motor del bus–. Creo que a veces le temo más a las monedas falsas que a la muerte misma.

Cuando él bajó del carro, el niño se quedó pensativo, como esperando algo que jamás llegaría. En ese momento, se dio cuenta de lo hermosas que eran las estrellas.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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