Sin sentido 6

Era un tesoro nacional. No sabíamos con exactitud su época ni lugar de procedencia pero era considerablemente grande y pesado. Cuando lo metimos a la maleta acordamos que, quien se hiciera cargo de él, tenía que llegar al destino a como dé lugar. Los demás podíamos sacrificarnos sin problemas.

Luego de un cortísimo viaje en taxi, llegamos al terminal terrestre más grande que había visto en mi vida: un edificio de veinte pisos con dos alas laterales, helipuertos, antenas de recepción y un generador de energía en su azotea. Todo el complejo estaba cubierto por ventanas reflectoras y daba la sensación de moverse si te acercabas demasiado. Era un coloso de la ingeniería.

Evadir los primeros controles de seguridad fue algo fácil. Con la distracción de algunos guardias pudimos pasar la maleta como si fuese algo fútil y sin importancia. Lo complicado, sin duda, iba a ser conseguir los pasajes y pasar el control del equipaje. Un letrero que apareció de la nada nos decía que este mismo se realizaba en el piso #5 y que los boletos se dispensaban en el piso #11, así que decidimos ir directamente hacia allá. Para no levantar sospechas, fingimos una rápida visita a los inodoros mientras uno de nos se llevaba el botín a los pies de la escalera eléctrica. Cuando salimos, un grupo de chalecos oficiales se acercaba a nosotros. Era el momento de huir.

Al ver que buscábamos una salida, los guardias se dispersaron. Después de varias escaleras y pasillos enredados, llegamos a un área donde las colas se veían eternas y los rostros se estiraban largos del aburrimiento. No tuvimos la menor duda de que se trataba del piso #11. Al acercarnos, una cara conocida me detuvo en medio de la gente.

La madre de una amiga, con mucho cariño, empezó a hacerme preguntas sobre la coincidencia que significaba nuestro encuentro. Entre una agradable charla y mi nerviosismo, noté que mis amigos ya estaban averiguando la ruta para completar nuestra misión. Con una excusa barata, me alejé de ella para alcanzarlos. Justo en ese instante, un par de miembros de seguridad me cortó el paso. El nudo en el estómago fue doloroso.

Con el temor a flor de piel, emprendí una carrera sin destino para encontrar un escondite en el que pudiese estar a salvo, fue así que terminé en un ascensor que parecía seguir en plena fase de construcción. Dentro de él, una panorámica de la ciudad me atrapó toda la vista. Extrañamente, noté que todos los pisos del terminal estaban numerados por fuera, lo cual me ayudó a saber con exactitud hacia dónde tenía que ir. Luego de muchos amagues, pude perder mi rastro del par de guardias que me seguían en un laberinto de escaleras de emergencia, del cual, no tengo ni idea de cómo salí.

Cuando volví al piso #11, vi que mis amigos aún conservaban el tesoro y conversaban en susurros. Llegué a su lado y me dijeron que los pasajes ya no eran necesarios porque podíamos colarnos a un bus que estaba a punto de partir.

A lo lejos, por las salidas de emergencia, un ejército de policías entró al enorme salón gritando que ya nos habían localizado.

Sin dar pauta a nadie, empezamos a correr hacia la puerta de embarque. Era raro sentir que ya conocíamos la ruta de memoria. Sin dificultad alguna, logramos nuestro cometido. Apenas subimos al vehículo, este comenzó su marcha y vimos que los agentes del orden se maldecían entre sí por no habernos capturado.

Mientras nos alejábamos de aquella soleada ciudad, al lado de palmeras gigantes y un hermoso atardecer, mis ojos se abrieron al insistente sonido de una alarma.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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