Lawita de chuño

Era yo un niño, no recuerdo la edad. Mi casa, cálida y fugaz, se dibujaba ante mis ojos como una fortaleza. A ella solo se podía acceder por un pasillo tan largo como imperturbable. A la derecha, la sala-comedor. A la izquierda, los dormitorios. Al fondo, el patio y la cocina. Esta última, inmaculada, ha sido el lugar mágico en el que yo nunca supe de nada y mi abuelita siempre ha entendido de todo.

Luego de una larga mañana en el mercado y el mismo mandil de cada día, empieza con el afán del alimento. Todo planeado, todo en orden, todo en sus manos.

En un tazón lleno de agua, la harina de chuño va empozando toda su esencia para el toque final mientras la carne hierve y un aderezo se cocina al fuego lento de la sabiduría.

Poco a poco; el ajo, la cebolla y la zanahoria pasan brevemente por la tabla de picar para unirse al festín. La harina de chuño va cambiando su agua y dos ramitas de orégano saltan a la olla principal. Con la cocción en proceso, el aroma y la empatía se apoderan de toda la casa.

Las papas se van poniendo a punto de un lugar a otro al tiempo que ella consigue algunas habas, arroz y una pizca de sal. Si falta algo, sus dedos son inmunes y no tiene problemas con pellizcar lo caliente. Su experiencia culinaria es tan grande como su comprensión. Y una vez más, el chuño vuelve a cambiar de agua.

Para los últimos hervores, la esencia reposada es importante. Con mucha paciencia, esta se convierte en un hilo que cae sobre los demás ingredientes mientras ella los remueve con delicadeza. Eso sí, siempre con algún truco bajo la manga. El mismo sentido para mezclar y la misma mano para preparar, servir y amar.

Detallosa, corona su potaje con hojas de paycco y hierba buena. La lawita de chuño queda lista.

Me sirve un plato y yo no sé qué es lo que tengo delante de mí. “¿Qué pasa hijo? Come, está rico”.

Una inocencia infantil me inunda. Con la cuchara en la mano, levanto la mirada. “Pero abuelita, no quiero, esta sopa está sucia”.

Sin dar tregua a mi ocurrencia, empieza a reírse a carcajadas. “Ay hijito, a ver prueba”.

Le doy un par de sorbos y es una delicia. “Sí abuelita, tienes razón, está riquisisisisísimo”.

Ella siempre me lo recuerda, hasta el día de hoy, con una sonrisa. Cuando lo hace, me regresa a aquella casa, a aquella cocina, a aquella mesa en la que me ha criado y yo entiendo, en ese preciso instante, que eso es lo más hermoso de esta vida.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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