A París

A los pies de su tumba y con la mirada fría de tanto invierno en el rostro, mi voz entrecortada leyó sus versos de algún jueves que hoy nos reposa. Aquella tarde, entre cadáveres y piedras, sentí el verdadero calor de sus palabras.

El día anterior, como un niño en la cúspide de su infancia, tomaba un chocolate caliente al lado de un carrusel lleno de colores y sonrisas. Desde la Rue Cambronne, no demoré ni diez minutos en llegar a la explanada del Campo de Marte. Allí, colosal y esbelta, la torre Eiffel nos modelaba su figura. Al verla, me acerqué todo lo posible para disfrutarla. De repente, desde los más profundo de su altura y directo a mis manos, un pequeño sombrero gota de agua negro cayó sin paracaídas. Ningún transeúnte ni guardia de seguridad me dijo absolutamente nada. Era casi como si, agradecida, la magnífica construcción me hubiera enviado un peculiar presente. Lejos de sentir culpa o remordimiento, puse la prenda en mi cabeza.

Un poco más allá, a orillas del Sena, la catedral de Notre Dame sostenía una gótica expresión de pesar en sus vitrales. Mientras pasaba a su lado, media cuadra al frente y a plena luz del cielo, la librería del dramaturgo dormía entre veredas. Esta se me hizo escurridiza hasta que, hurgando en la memoria, recordé aquella foto donde el flaco Ribeyro sonríe y posa justo delante de su puerta. Para mi maldita fortuna, la entrada del local se encontraba en mantenimiento. Así, no tuve más remedio que conformarme con la distraída fachada de su cafetería.

Luego de una noche ardiente en el Moulin Rouge y algunos Gauloises en el bolsillo, los árboles desnudos me invitaban, nuevamente, a caminar. Mi cita ya estaba por cumplir su hora de llegada. Bajo el rebuscado umbral en la Rue Froidevaux, mis ojos no vieron más que fiebre y melancolía. El cementerio de Montparnasse no es, quizás, tan grande como el de Almudena, pero vaya que te muerde los pies cuando lo cruzas. Entre Cortázar y Baudelaire, yace acostado un insigne que a punta de dolores nos alimenta la nostalgia. Para mí, nunca ha sido fácil terminar de escribir ciertos momentos, pero aquel día, llorando a Vallejo, quedará grabado por siempre en mis horas más largas. Nevando tanto, para que duerma.

Y sobre los boletos de tren, la llovizna y sus poemas, no tengo otra razón más para agradecerle a París, que haberme robado un pedacito de la vida.

Publicado por

Rodrigo Ampuero Oróz

Cusqueño, bachiller en turismo, fotógrafo de momentos y escritor amateur. Me gusta relatar historias.

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