Sin sentido 7

Recuerdo haberme puesto de pie ante un espejo que no me reflejaba. La pesadez dominaba a las pocas prendas que me envolvían y mis huesos daban la sensación de romperse con cualquier movimiento brusco. Por algún motivo al azar, tenía a Romeo y Julieta en la mente, un fuerte olor a marihuana saturaba el entorno y la luz filtrada por la ventana se fundía entre tantas cosas que aludirlas era imposible hasta para el más largo de los etcéteras.

A todo esto, mis ojos no paraban de sangrar. Las lágrimas brotaban de mí como una cascada y el fuerte sabor a hierro era inconfundible. Se trataba de una pesadilla, sin duda alguna.

Como pude, arrastré mi cuerpo hacia la única puerta entreabierta que encontré. La apocalíptica imagen que se formó delante de mí, me amarró un nudo en la garganta.

Las nubes, negras y tormentosas, enfilaban en el cielo como si colgasen de hilos muy delgados desde el infinito. Entre relámpagos y vientos huracanados, lo único visible alrededor era la ruina. Absolutamente nada parecía resistir el flagelo que lo condenaba y absolutamente todo se sacudía al ritmo de insoportables gritos de terror. La sentencia estaba dictada y era inminente, como si algún dios nos hubiese declarado la guerra.

Al querer levantarme, sentí que algo me observaba. La tragedia cesó de repente. Cuando pude componerme, mi visión nublosa distinguió al pequeño cuervo en la cima de un arbusto salido de la nada. El animal, inmóvil como una estatua, me lanzó la mirada más despiadada e inerte ornada con desdén. Sus córneas tenían el color del mismísimo infierno. En ese instante, un miedo visceral me sacudió la cabeza. Intenté correr, pero el oscuro córvido alzó vuelo, levitó frente a mí y continuó con su macabro banquete.

Entre mi pavor y su apatía, el sufrimiento decoró la escena con lúgubre solemnidad.
Y entre el dolor y la sombra, pude escuchar que alguien susurraba.
Nunca más”.

Que fatal resultó dormir con más ganas de pasado que de presente. Peor aun, cuando ambos se han pintado de grises y el futuro pierde relevancia.

Sin sentido 6

Era un tesoro nacional. No sabíamos con exactitud su época ni lugar de procedencia pero era considerablemente grande y pesado. Cuando lo metimos a la maleta acordamos que, quien se hiciera cargo de él, tenía que llegar al destino a como dé lugar. Los demás podíamos sacrificarnos sin problemas.

Luego de un cortísimo viaje en taxi, llegamos al terminal terrestre más grande que había visto en mi vida: un edificio de veinte pisos con dos alas laterales, helipuertos, antenas de recepción y un generador de energía en su azotea. Todo el complejo estaba cubierto por ventanas reflectoras y daba la sensación de moverse si te acercabas demasiado. Era un coloso de la ingeniería.

Evadir los primeros controles de seguridad fue algo fácil. Con la distracción de algunos guardias pudimos pasar la maleta como si fuese algo fútil y sin importancia. Lo complicado, sin duda, iba a ser conseguir los pasajes y pasar el control del equipaje. Un letrero que apareció de la nada nos decía que este mismo se realizaba en el piso #5 y que los boletos se dispensaban en el piso #11, así que decidimos ir directamente hacia allá. Para no levantar sospechas, fingimos una rápida visita a los inodoros mientras uno de nos se llevaba el botín a los pies de la escalera eléctrica. Cuando salimos, un grupo de chalecos oficiales se acercaba a nosotros. Era el momento de huir.

Al ver que buscábamos una salida, los guardias se dispersaron. Después de varias escaleras y pasillos enredados, llegamos a un área donde las colas se veían eternas y los rostros se estiraban largos del aburrimiento. No tuvimos la menor duda de que se trataba del piso #11. Al acercarnos, una cara conocida me detuvo en medio de la gente.

La madre de una amiga, con mucho cariño, empezó a hacerme preguntas sobre la coincidencia que significaba nuestro encuentro. Entre una agradable charla y mi nerviosismo, noté que mis amigos ya estaban averiguando la ruta para completar nuestra misión. Con una excusa barata, me alejé de ella para alcanzarlos. Justo en ese instante, un par de miembros de seguridad me cortó el paso. El nudo en el estómago fue doloroso.

Con el temor a flor de piel, emprendí una carrera sin destino para encontrar un escondite en el que pudiese estar a salvo, fue así que terminé en un ascensor que parecía seguir en plena fase de construcción. Dentro de él, una panorámica de la ciudad me atrapó toda la vista. Extrañamente, noté que todos los pisos del terminal estaban numerados por fuera, lo cual me ayudó a saber con exactitud hacia dónde tenía que ir. Luego de muchos amagues, pude perder mi rastro del par de guardias que me seguían en un laberinto de escaleras de emergencia, del cual, no tengo ni idea de cómo salí.

Cuando volví al piso #11, vi que mis amigos aún conservaban el tesoro y conversaban en susurros. Llegué a su lado y me dijeron que los pasajes ya no eran necesarios porque podíamos colarnos a un bus que estaba a punto de partir.

A lo lejos, por las salidas de emergencia, un ejército de policías entró al enorme salón gritando que ya nos habían localizado.

Sin dar pauta a nadie, empezamos a correr hacia la puerta de embarque. Era raro sentir que ya conocíamos la ruta de memoria. Sin dificultad alguna, logramos nuestro cometido. Apenas subimos al vehículo, este comenzó su marcha y vimos que los agentes del orden se maldecían entre sí por no habernos capturado.

Mientras nos alejábamos de aquella soleada ciudad, al lado de palmeras gigantes y un hermoso atardecer, mis ojos se abrieron al insistente sonido de una alarma.

Sin sentido 5

Ya no sé cómo empezar este tipo de textos. Si le pongo un preámbulo, dejo poco espacio para la experiencia que quiero contar. Y si empiezo por la experiencia, siento el vacío de no ponerle un preámbulo. De todas formas, aquí va.

Para ser honesto, hay algunas personas que ya conocen esta historia aunque dudo que la recuerden como tal. Sucede que he estado teniendo una serie de pesadillas como esas que te despiertan de golpe, con la sensación de caída en los pies y un escalofrío recorriéndote la espalda. Todas ellas han ocurrido en la misma situación, pero parece ser que, esta, fue la última vez.

Cada noche que pasé por esta repetitiva aventura, fui acosado por un ente espantosamente alto, vestido de gala y con un sombrero que le cubría gran parte del rostro. Esta persecución ocurría por toda la ciudad sin darme ninguna clase de tregua. Todas las veces, sentía una incontrolable necesidad de huir, motivada por el pánico y un presentimiento horrible en el pecho, como adivinando lo que pasaría si me llegaba a alcanzar.

Estos sucesos oníricos hubieran sido algo normal si no fuera por el hecho de que se complicaban cuando llegaba al punto en el que planeaba una ruta de escape. Cada esquina y cada vuelta se movían a su antojo, cambiándome la realidad cuadra por cuadra. Si salía de San Francisco hacia Marqués, aparecía en Pampa del Castillo. Si corría por Maruri buscando una salida, llegaba a Paseo de los Héroes. Si intentaba bajar a la avenida Sol, terminaba tropezando por la cuesta de San Blas.

Escapar con ese desafío encima era muy frustrante así que aprendí a dominarlo y terminar siempre a salvo. Al despertar, me encontraba lejos de mi cazador y seguro de cualquier cosa que me pudiera hacer. Sin embargo, en esta ocasión no fue así.

Dentro de nuestra rutina grabada en la memoria, él me siguió dentro de una casona antigua en la que no había estado nunca. Decidí subir al último piso y esconderme hasta el final del sueño. Lamentablemente, aquella noche, mi curiosidad pudo más que mi instinto de supervivencia.

Me aseguré de que me viera y fui directo a un juego de escaleras en caracol pegadas a la pared del fondo. Caminé por ellas con una paciencia infernal, lenta y despreocupada. Grave error. Él, muy astuto, las escaló por fuera para darme en alcance. Una vez ahí, detuvo mi paso con su brazo exageradamente largo y me tomó de los hombros con una fuerza increíble. Traté de zafar y seguir huyendo, pero no pude. Sus cavidades orbitarias estaban vacías y su mirada muerta se clavaba en mis ojos como un par de tachuelas oxidadas. Tenía la mandíbula partida, sangre seca en la ropa y un hedor putrefacto muy difícil de soportar. Se acercó a mí, balbuceando una amenaza mientras el terror me consumía por dentro. Cuando lo tuve a centímetros de mi rostro, desperté.

No fue un alivio y mucho menos algo tranquilizador.

Ahora, cada vez que duermo, siento el dolor de que aún me tiene en sus manos y de que aún sigue ahí, matándome.

Sin sentido 4

Te vi dormitando en una posición incómoda así que me tomé la libertad de rascar tu cabeza y apoyar la mía en tu regazo. Llevabas un aire de no haber dormido tu siesta post-almuerzo, como una resaca de ron y cerveza a media tarde. Empecé a jugar con mi boca en tu cintura hasta que vi tus ojos medio abiertos medio cerrados. Te quedaste callada y entendí que llevabas un buen rato observándome.

–Me recuerdas mucho a María Magdalena.
–¿María Magdalena? ¿La prostituta?
–No lo tomes a mal, pero sí, la prostituta.
–¿A qué viene todo esto?
–Es difícil de explicar…
–Entonces haz tu mejor esfuerzo.

Fue así como terminamos discutiendo para reconciliarnos con la fantasía más erótica, sensual y pervertida posible. Es raro encontrarse con una piel que conocías tanto y que se ha ido para siempre. Pero, más cruel aun, es despertar y caer en cuenta de que solo era un sueño.

Volví a cerrar mis párpados con toda la intención de reanudar lo que estaba ocurriendo a pesar de ser algo que se consigue una de cada millón de veces. Y lo logré. Para mi fortuna, seguíamos en el sofá, desnudos, con el alma descubierta y las piernas enredadas como luces de navidad.

–A veces pienso en lo difícil que fue dejarte.
–Pero si fue lo más fácil que hiciste en tu vida.
–Créeme que no.
–¿Por qué no?
–Porque si hubiera sido fácil, no lo habría hecho jamás.

Nos miramos fijamente y comenzamos de nuevo. Más allá de lo que puedan decir los sexpertos, el amor no tiene mejor juego previo que el romance oculto entre líneas que solo los amantes pueden darse.

Y nuevamente desperté, susurrando maldiciones por no estar así, contigo.

Ya pasé muchas veces por esta situación y lo dolorosamente irreal que es. A veces, el corazón acierta y la razón se equivoca. No es común, pero sucede. No es lógico, pero muy probable.  No es fácil de aceptarlo, pero así es.

Sin sentido 3

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi sobre mi almohada. No puedo negar la emoción y tampoco quiero evitar la pereza que esto implica. El hecho de que sigas bailando en mi psique me produce una marea de sentimientos encontrados muy difícil de navegar. Entre recuerdos y ojalás, ya no existen diferencias.

Siento que he perdido mucha lógica en este sentido. Los inmuebles comenzaron a cambiar de lugar a cada momento y las manecillas del reloj ya no corren en círculos. La otra noche había un nido de arañas gigantes que dormían en mi cuarto y unas horas después vi a un avión estrellarse con los restos de otro. A veces soy perseguido en un laberinto de calles alteradas y otras veces me dejo atrapar a propósito.

Descansar en paz es una tarea pendiente. Las noches en vela se han convertido en mis favoritas porque me ahorran los sucesos morbosos, encriptados e incoherentes. La mente traiciona cuando el corazón es inseguro. Mis efectos ya no traen consecuencias y mis consecuencias son el motivo para no despertar a tu lado. Debe tratarse de algún tema de confianza o, caso contrario, de un terrible augurio.

El miedo se ha convertido en un cigarrillo diario antes de ir a dormir. No estoy seguro, pero creo que ya debería pensar seriamente en dejar de fumar.

En fin. Anoche soñé que me encontraba con un cadáver aún enfermo en la bañera. Lo sé porque seguía mostrando síntomas de estar muriendo a pesar de estar más frío que un corazón huraño. No lo reconocí y ni me importaba quién era pero sentía una fuerte obligación de ayudar. Estaba decapitado y llevaba un traje de noche, de esos que usa uno en su propio funeral.

Ya no quiero recaer en ese juego de ser nefastamente sorprendido en mi propia cama. Ya no quiero sentir el pavor que te inunda el pecho cuando despiertas de golpe. Ya no quiero sospechar del significado de lo que no tiene relevancia. Solo me queda esperar piedad de mi inclemente locura o alguna pequeña muestra de empatía que jamás llegará.

Lo siento. Cuando evito escribir, solo me queda divagar.

Sin sentido 2

Anoche imaginé como sería dormir sin soñar. Tuve miedo. Me sentí atrapado en un área rural desolada por almas en pena que desembocaban en rituales absurdos para volver a nacer, colapsaban entre ellas y se traducían en polvo.

La noche siempre se ha prestado para este tipo de tonterías. Ocurre que, cuando el frío es el mejor compañero durante largas horas de pseudo-insomnio, el café cargado se diluye a cada sorbo y los sonidos raros son como lluvia cayendo sobre calamina. Y cuando el cansancio no se cansa de molestar, se debe ceder.

El sentimiento previo a quedarme dormido fue extremadamente molesto, casi escamoso, como un papel de lija raspando mis pensamientos mientras cerraba los ojos.

Lo que sucedió después fue más extraño que una película sin guion. Tuve uno de esos sueños que se pueden manejar pero te conducen directamente a la tragedia. No quiero ahondar en detalles vacíos, así que lo resumiré en pocas palabras: ella, él, un beso francés y mi maldita paranoia respaldada por mi impertinente imaginación. Las baladas más tristes sonaron como devastadoras canciones de cuna, el sol no podía calentar mis huesos y mi corazón estaba muriendo con una asombrosa lentitud. Que crueldad tan grande para conmigo mismo.

Desperté con la madrugada aun encima y sin un miserable antiséptico para el alma. En ese momento, me sentí muy incómodo con mi propia almohada y ansioso por esa certeza que todos quisieran poseer. Tenía la cabeza revuelta y una leve sensación de náusea que se me antojaba incontrolable.

Intenté dormir de nuevo, pero el temor se apoderó tanto de mis párpados, que nunca más los pude volver a cerrar. Ay amor, no puedo curarte de una gripe que yo no te he contagiado.

Sin sentido 1

Escribir puede ser una labor bastante traicionera hasta para el juicio más recatado. Sucede que, cuando las palabras ya no conforman hileras lógicas ni tampoco responden a la razón, el autor debe plasmar con prisa cualquier idea que se le venga a la mente, sin siquiera perder el énfasis de la ocurrencia. La genialidad jamás se ha medido por cantidades, mucho menos por una sola persona. Tal vez, hasta el lector más afable, puede amargarse con la futilidad de este texto.

Declarado así, debo admitirme muy incómodo al salir de mi zona de confort, pero ese es el punto de hacerlo. Hace varios días que no me siento yo mismo, es como si alguien me hubiera perdido dentro de mí. Las horas corren con prisa en tiempo de ocio y las visiones se multiplican como si fueran secuelas de los sueños más avezados y furtivos que me han tocado vivir. Por ejemplo, esta mañana, desperté viendo frondosas rosas rojas que iban girando en sentido anti-horario con una velocidad imparable, tenían los tallos gastados y las espinas sin puntas. Me quedé atascado en la posibilidad de que fueran alucinaciones causadas por el resfrío, pero luego recordé la visión de su motivo.

Estaba yo sentado en un patio muy colorido. Tenía los pies descalzos, un sombrero excesivamente grande y miraba a la lejanía a pesar de encontrarme como a dos metros de un muro hecho de adobe y telarañas. Sin previo aviso, las flores empezaron a hablar, casi cantando, sobre su vida en el jardín. Las margaritas eran más chismosas que las rosas y los tulipanes blancos no se podían callar, algunos helechos dejaban comentarios poco acertados mientras que los malditos claveles nos juzgaban con susurros. El lugar parecía un mercado y nadie me dejaba opinar. La ortiga vino y me estampó un largo beso en la boca para que no la pudiera abrir.

Condenado a no poder expresarme durante su frenética charla, caí presa de la rabia y la impotencia. Empecé a emitir sonidos raros ya que mis labios parecían cosidos. Descaradamente, las flores se pusieron en mi contra y empezaron a reclamar mi silencio. Las rosas fueron las más agresivas y las que se acercaron primero. Todo se volvió difuso y poco a poco empecé a despertar. De repente estaba en cama con una fiebre alta, tos seca y un vacío en el pecho que cada día se hace más grande.

Decidí que no voy a buscar el significado del sueño. Lo comprendí de manera muy literal. Estoy atrapado en un hermoso lugar donde las apariencias son contrarias a lo que aparentan y todo lo bonito deja de serlo apenas abre la boca. Nada tiene sentido aquí. Sin embargo, hay que plasmarlo, desde la más mínima locura hasta la más grande tontería.