Sobre insomnio e infinito

Siento que estoy en una constante apuesta con la muerte. A veces tengo todas las de perder, apaciguándome en mi propio riesgo y tomando todo a la ligera. Otras veces me siento ganador, retándola a que haga su movida y me derrote sin piedad. Pero, casi siempre, estoy a merced suya, esperando paciente a que venga y me toque el corazón.

¿Será bueno saber cómo va uno a morir? Dicen que la ayahuasca te lo muestra si no la tomas en serio. La verdad es que no tendría problema con eso. Lo que sí me produce un terror inconmensurable es cierta manera de fallecer que involucra automóviles, carreteras e irresponsabilidades evadidas.

Las pocas veces que he podido dormir relativamente “temprano” son aquellas en las que mis sueños me doman desprevenido, anunciándome un hórrido final y despertándome en sobresaltos de pesadilla.

Lo difícil de adivinarse eterno es que en algún momento ya no lo eres más. Puedes hacer lo que quieras con tu vida, incluso desperdiciarla, pero ese último respiro te dará cuenta de lo efímeros que podemos ser. Un parpadeo que llega como un instante y te dice que ya es suficiente. Y así se acaba.

Sobre el infinito no hay mucho que decir. Es muy probable que después de esto no haya algo en absoluto. Solo la nada, tan fría e inextensa, tal y como la vemos en el cielo nocturno y un poco más allá, donde la imaginación ya no manifiesta su inmortalidad.

En fin, puede que sea hoy, mañana o en un par de años. La espera suele ser larga y angustiosa o una simple respuesta al llamado de un inoportuno tarde o temprano. Mientras tanto, nos queda seguir aquí, existiendo.

Buena noche.

Sobre insomnio e intransigencia

Todavía no puedo dormir bien y ya me acabé dos cajas grandes de filtrantes de manzanilla. Tampoco he logrado acomodarme bajo estos párpados gastados que flotan entre letras. Peor aún, ni apagándome a propósito dejo de pensar en ti. No hay manera.

Ya me cansé de pretender que tengo un problema irreal, algún trastorno postergado o una queja incompleta. Simplemente no quiero aceptar el hecho de que sigo buscando tu nombre, tu número, tu rostro pixeleado y tu voz en mi pantalla.

¿A qué edad se deja de hacer planes y se empieza a vivir de pura nostalgia? No estoy seguro, pero hay una mirada tuya que se ha colado en una cajita y no sé cómo tratarla, también hay una foto de tu cintura pegada en las paredes de esa misma cajita y una bestia que merodea por aquí y pone la cajita sobre mi almohada.

Tendré que empezar algún texto trivial para evitar esta incorregible forma de extrañarte pero el recuerdo de tu sonrisa en la playa me persigue por toda la orilla y es imposible dejar de lado mi obviedad. Hasta me han reclamado que mi vanguardia siempre va dirigida a tus ojos. Que pésima narrativa.

Sobre mi intransigencia no hay mucho que decir. No me refiero a la intolerancia ni a la falta de empatía como la vegana insoportable o el homófobo que curiosea en la sección gay. Esto se trata del énfasis al capricho de no querer cambiar mi costumbre de escribir sobre ti.

En fin, la hora más larga del día ya no se parece en nada a las dos de la mañana de antes, cuando había química y el insomnio se complementaba. Ahora solo me queda sacudir algunas pesadillas y tender veinte veces mi cama. Tal vez así.

Buena noche.

Sobre insomnio e inercia

La pregunta rápida nunca exige una respuesta rápida, más bien, clama a gritos una solución consciente y con alto valor de veracidad. ¿Alguna vez has considerado realmente que todo lo que te ha pasado tiene una razón?

Claro, la salida rápida y común podría ser el trillado “todo pasa por algo”, pero en realidad esta puede ser la excusa más vil y tramposa para darle una explicación lógica a tu mala suerte.

Últimamente me he aislado con un sinfín de dudas y curiosidades como esta que resultan muy difíciles de comprobar. Seguramente he ahí la razón de mi insomnio, o tal vez, mi mala racha en la vida es tan persistente que ya no tengo ganas ni de cerrar los ojos, tanto en las noches como en las mañanas.

¿Existe tal cosa como el destino? Creo que ese tema se debe tocar con algunas tazas de café después de haber terminado varias botellas de licor. Lo peor es que nunca habrá una sentencia definitiva. Es como ver a un perro que da mil vueltas intentando atrapar su cola, dándose pausas para descansar sobre sí mismo y volviendo al ruedo cada vez que la desgraciada vuelve a agitarse.

Sobre la inercia no hay mucho que decir. No se puede esperar nada de la hija de puta que te repite y repite y repite lo mismo noche tras noche tras noche tras noche. Maldita inercia, ojalá te mueras.

En fin, no voy a retomar viejas costumbres con ciertas pastillas de las que ya no quiero acordarme. Lo único que busco ahora es poder descansar como la vida lo demanda aunque sé que no será así. Me espera una larga noche y otro desvelo acompañado de letras, un poco de alcohol y tal vez, solo tal vez, recuerdos de mi inocencia perdida.

Buena noche.